lunes, noviembre 21, 2016

También gane el único concurso con viaje que hubo en Iecisa, y fue a Madeira

 En la foto dentro de la cesta listo para descender de la cumbre con mi compañero Santi de Zaragoza



La comunicación de aquella época

Hoy parece antediluviano, no existían los fax, ni los correos electrónicos, había un engendro llamado teletipo y dos de estos comunicados me llegaron por casualidad, estaba tan centrado en la venta, que me llegaban los billetes y no me había enterado que había ganado el concurso, vivía a mas de 160 kilómetros de la delegación. Había que rellenar una ficha del cliente visitado y para eso iba los viernes a la delegación, pero mi jefe a menudo me decía: "Tú a vender, que yo te relleno las fichas (se inventaba el resultado de la visita)"

El muro de Berlín

El muro de Berlín, cuando solamente viajaban las cuatro compañías aéreas de las potencias que ocupaban Berlín. Fui el único vendedor de Olivetti que gane los 9 concursos con premios de viajes al resto de Europa. Esta es la única vez que volé en PanAM
El bunker de Hitler estaba pegado al muro, era una colina que no se podía acercarse, no pudieron dinamitar por la cantidad de hormigón y haber una estación de metro cercana, decidieron enterrarlo. Quedaba dentro de la zona oriental y lo miramos en una plataforma de madera de las que hizo la gente para hablar por encima del muro con sus parientes y amigos.




Correspondencia del premio Nobel con foto dedicada a mis hijos





Todos tenemos dos vidas, la segunda comienza cuando te das cuenta que solo tienes una


Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora…
Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.
Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.
No tolero a manipuladores y oportunistas.
Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.
Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.
Quiero la esencia, mi alma tiene prisa…
Sin muchos dulces en el paquete…
Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reír, de sus errores.
Que no se envanezca, con sus triunfos.
Que no se considere electa, antes de hora.
Que no huya, de sus responsabilidades.
Que defienda, la dignidad humana.
Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.
Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…
Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.
Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.
Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan…
Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
Tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta que sólo tienes una.
Lealtad con uno mismo.
Mário de Andarde (Sao Paulo 1893 – 1945)

viernes, noviembre 18, 2016

domingo, noviembre 13, 2016

Aprende a regalar tu silencio a quien no te pide que le hables, y tu ausencia a quien no aprecia tu presencia

Es muy difícil cuando alguien muy especial te ignora, pero aún más difícil es fingir que no te importa

Si le dejas de hablar y esa persona no te busca, créeme ...elegiste lo mejor

Durante el transcurso de mi vida he tenido miedo de perder a la persona que amaba y a la vez me preguntaba reiteradamente si alguién tenía miedo de perderme

Cuando me toque morir nadie morirá en mi lugar. Así que hoy he decidido vivir lo que nadie vivirá por mi: Mi vida

Pensábamos que era inmortal, pero no, ha muerto...


viernes, noviembre 11, 2016

Cosas que nunca te dije

En este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de un amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una persona amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Solo quiero eso. Casi nada o todo."
Texto: Angeles Caso

jueves, noviembre 10, 2016

.sɐsoɔ sɐl sәʌ әnb ɐl uә ɐɯɹoɟ ɐl ɹɐᴉqɯɐɔ әnb sәuәᴉʇ sәɔәʌ ∀

Leonard Cohen se despide de Marianne

La musa del canadiense durante los años sesenta falleció en Oslo el jueves 28 de julio. Se conocieron en la isla griega de Hidra y mantuvieron siempre una relación amistosa 
La muerte llegó veloz. Unas semanas después de que se detectara que sufría de leucemia, Marianne Ihlen falleció en el Diakonhjemmets Hospital, en Oslo. Era la Marianne que Leonard Cohen había inmortalizado en So long, Marianne y tenía 81 años.
Leonard Cohen y Marianne Ihlen en Hydra, en 1960. Se conocieron en Hidra, en el mar Egeo. Marianne Ihlen era la esposa del escritor noruego Axel Jensen, con el que había tenido un niño. En aquella isla se había congregado una pequeña comunidad internacional de artistas y bohemios, que agradecían la tolerancia de los nativos y se beneficiaban del bajo coste de la vivienda y los alimentos.
En algún momento, Axel cambió de acompañante y Marianne se quedó sola. Según la leyenda, estaba llorando en una tienda de ultramarinos del puerto de Hidra cuando un desconocido se apiadó, invitándola a unirse a sus amigos. Era Leonard Cohen y comenzaba un idilio apasionado que duraría, con altibajos, siete años. Cierto que hay otra versión de esta historia: que el noruego intimó con Lena, la entonces novia de Cohen, pero preferimos que esta historia no sea una simple comedia de intercambio de parejas ¿verdad?
De cualquier modo, Marianne llegó a la vida del canadiense en un momento clave. Como Cohen ha explicado gráficamente, fue llegar a Hidra, tumbarse al sol y sentir que se derretía todo el frío de Montreal acumulado en sus huesos. La existencia en la isla era elemental: muchas casas no tenían electricidad o agua corriente; de hecho, la llegada del cable del teléfono fue celebrada con Bird on the wire”. Pero allí estaba Leonard para cuidar de Marianne y el pequeño Axel. Un Cohen de alta fertilidad literaria –dedicaría su poemario Flowers for Hitler a Marianne– y que comenzaba a componer canciones, acicateado por lo que escuchaba en una emisora de las Fuerzas Armadas estadounidenses. Los cantautores del Greenwich Village neoyorquino estaban protagonizando una revolución estética y, aunque llegara tarde, Cohen quería unirse a sus filas. En esos momentos de cambio e incertidumbre, Marianne le proporcionó un apoyo total.
Leonard y Marianne alternaron Hidra con estancias en Montreal y Nueva York. El artista era, ya lo saben, un picaflor y no renunciaba a las caras bonitas que se cruzaban en su camino. La relación se fue agriando, aunque ambas partes intentaron remediarlo: en su forma original, So long, Marianne era Come on, Marianne, una invitación a volver a intentarlo. No estamos siendo indiscretos: cuarenta años después, una radiofonista noruega, Kari Hesthamar, habló con la pareja y lo contó todo en So long, Marianne- Ei kärleikshistorie (el libro se tradujo al inglés en 2014).
Además, el realizador noruego Jan Christian Mollestad convenció a Marianne para rodar un documental sobre sus vivencias. Fue Mollestad quién informó a Leonard Cohen de que Marianne estaba ingresada y con el peor de los pronósticos. El cantautor respondió inmediatamente y, según Mollestad, esta es la esencia de su mensaje:

“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino.”

Según Mollestad, Marianne estaba consciente cuando él leyó la carta, y extendió la mano. En los últimos momentos, el cineasta tarareó Bird on the wire y se despidió con un “so long, Marianne.” El de Marianne fue el destino de las musas: un amor que marca toda su biografía.

LA CARTA QUE ANUNCIABA LA NOTICIA
Jan Christian Mollestad informó a Cohen sobre la muerte de Ihlen con esta carta:

"Estimado Leonard
Marianne cayó en un sueño muy lentamente que la sacó de esta vida ayer por la noche. En total tranquilidad, rodeada por amigos cercanos.
Tu carta llegó cuando todavía podía hablar y reír con completa conciencia. Cuando la leímos en voz alta, sonrío de la manera como sólo Marianne puede hacerlo. Elevó su mano, cuando mencionaste que estabas justo detrás de ella, tan cerca como para alcanzarla.
Le causó una tranquilidad profunda saber que conocías su estado. Y tu bendición para su viaje le dio una fortaleza extra. Jan y sus amigos, que vieron lo que este mensaje significó para ella, te agradecerán profundamente por responder tan rápidamente y con tanto amor y compasión.
Durante su última hora, tomé su mano y tarareé Bird on a Wire, mientras ella respiraba tan ligeramente. Y cuando abandonamos la habitación, después de que su alma hubiese volado por la ventana en busca de nuevas aventuras, besamos su rostro y susurramos tus eternas palabras
So long, Marianne."

Sigo disfrutando de esa sonrisa que me surge cuando estoy recordando los momentos que he vivido contigo

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo. Voltaire

Se nos rompió el amor Rocio Jurado


Como yo te amo Rocio Jurado y Raphael...imperdibles


viernes, noviembre 04, 2016

Eliminada de mi propia historia de amor




En la pantalla de inicio de mi computadora tengo una carpeta dentro de otra carpeta que se llama “No abrir” (como un mensaje para mí misma).
Y para mi gran sorpresa, la abrí hace poco.
Está llena de fotos maravillosas de mi ex y yo que había borrado de todos lados. Una llamó mi atención: una foto en blanco y negro de nosotros en un viaje que hicimos a la costa de Oregon para celebrar su cumpleaños hacía dos veranos, justo después de ir a la boda de mi madre en mi ciudad natal, Portland.
El cursor del ratón daba vueltas por la foto y di clic dos veces para agrandarla.
Con los codos sobre la arena, sonreíamos mientras su mano acariciaba mi antebrazo izquierdo, su cabello oscuro y sus ojos contrastaban con mis facciones claras. Mi puño derecho, casi oculto por la manga de mi sudadera negra, escondía la mitad de mi tímida sonrisa blanca.
Esa imagen había estado en todos lados: en Facebook (donde fue mi foto de perfil), en su oficina, en la pared de nuestra sala y en la mesa lateral de sus abuelos en Iowa. La habíamos tomado cuando ya llevábamos seis meses juntos, durante nuestra fase de “luna de miel”, y todo el mundo le gustó y nos dijo cosas como “es perfecta” o “ustedes hacen tan bonita pareja”.
Lo que no sabían era que nos había costado muchísimo trabajo tomarla. Habíamos activado el temporizador de la cámara, así que presionábamos el botón y corríamos a posar, tratando de que la instantánea se viera tan natural como fuera posible. Tomábamos una foto y luego analizábamos el resultado:
“Parezco loca”.
“Me veo viejo”.
“La pose se ve forzada”.
“¿Parece que mi ojo izquierdo se está derritiendo?”.
Así estuvimos hasta que nos dolieron los músculos de la cara de tanto reírnos y se fue el sol, pero con ayuda de una buena edición, la versión final lucía espontánea y natural. Y gracias al temporizador, logramos hacer que algunas personas no se dieran cuenta de que era una foto jactanciosa que habíamos tomado nosotros mismos.
Me encantaba contar la historia de cómo nos conocimos. Pero ya no, así que no lo haré. Lo que verdaderamente importa es esto: no me tomé en serio que justo el día antes de que comenzamos nuestra historia de amor, él acababa de terminar con su novia de mucho tiempo.
Yo solía reprimir pensamientos de que yo era el clavo que saca otro clavo o la novia sustituta mientras llegaba la de verdad. Seguí adelante, atraída por su guapura, inteligencia y educación. Me encantaba lo expresivo que era con las manos mientras hablaba.
A pesar de todo lo bueno, siempre sentí como si tuviera que probarle a todos que él y yo éramos felices y que nuestra relación era legítima; las redes sociales ayudaban. En Facebook, podía excluir lo negativo, un comentario despectivo por aquí, una mentira por allá, y mostrar no solo cómo quería que los demás nos vieran, sino cómo quería vernos.
Algunas veces él hacía comentarios sobre que creía que yo sería más feliz con alguien que no fuera tan “conservador” como él. Seamos justos: fui yo quien lo convenció de que se dejara crecer la barba, tratando, supongo, de acercarlo a la imagen del novio ideal que me había imaginado.
Casi exactamente un año después de la foto en blanco y negro que nos tomamos y para la que posamos horas, logramos capturar otra imagen de las que provocan envidia, y esta vez a color. La tomamos en la rueda de la fortuna en el malecón de Seattle. Viajamos en auto allá para su cumpleaños y nos quedamos con mi prima.
Habremos posado unas diez veces ante la cámara de mi prima para lograr la foto “perfecta”: el estrecho de Puget de fondo en sorprendentes tonos verde aguamarina, las colinas lejanas en el horizonte. Nuestras sonrisas generosas y blancas, y mi hombro acomodado con soltura en el hueco de su brazo.
Pensamos bien qué poner en su estado de Facebook para que sonara natural pero cálido, breve pero con sentimiento:
“¡Celebrando una magnífica semana de cumpleaños con Sage en el área de Seattle!”.
“Te amo, McBug”, me susurró aquella noche antes de quedarnos dormidos.
Dos meses más tarde, poco después de habernos mudado a nuestro segundo departamento juntos, se levantó diciendo que le dolía el estómago.
“¿Habrán sido las fajitas de anoche?”, pregunté entre bostezos, mientras me acurrucaba bajo la cobija blanca y mullida que él acababa de hacer a un lado.
Dejó escapar un suspiro y se sentó en la orilla de la cama, con la cabeza entre las manos. Yo sonreía como tonta con los ojos entrecerrados.
“No”.
Levanté la cabeza. “¿Qué pasa, cielo?”.
“Yo… no me imagino nuestro futuro”.
Hice a un lado las cobijas. “Espera. ¿Estamos hablando de lo que creo que estamos hablando?”.
Volteó a verme con los ojos tristes y los labios contraídos. Casi me sentí mal por él hasta que me di cuenta de que estaba terminando conmigo. Sus razones para terminar la relación eran vagas; decía que llevaba seis meses pensándolo.
“¿Alguna vez me amaste?”, pregunté.
Hizo una pausa y después trató de balbucear una explicación, pero la pausa lo dijo todo.
Lloré a moco tendido en nuestra cama, traía puesta una camiseta que me quedaba grande, la cara se me había puesto roja y me atragantaba con mi propia saliva. Y así fue como todo acabó.
Cambiamos nuestras fotos de perfil a las dos horas de haber terminado. Él cambió nuestra tierna foto en una cafetería de Portland por una foto en la que aparecía solo, vestido de traje. Yo cambié la foto en blanco y negro de la playa por una donde aparecía en la cima de una montaña en Irlanda, con la mirada fija y una expresión que esperaba que dijera: “Estoy en la cima del mundo, soy exitosa”.
Con cada “Me gusta” sentía como se reconstruía mi ego, pero la euforia se desvaneció cuando empaqué mis cosas y me mudé al sótano de mi madre, que no estaba en la cima de nada.
Familiares y amigos no lo podían creer. Sentía un dolor agudo en el estómago cada vez que pensaba en él. Me quedaba contemplando el techo por horas. Me perdía entre la confusión y los sentimientos de traición y odio. Aun así, fantaseaba con la reconciliación y que todo volvería a ser como antes.
La semana siguiente, me enteré de que él había abierto una cuenta de citas en línea un día después de haber terminado conmigo. Su foto de perfil me dejó sin aliento: me había recortado de la foto de la rueda de fortuna, en la que solo habían quedado sus dientes blancos y ojos verdes brillando y el agua resplandeciente que hacía contraste con su cabello oscuro. Me había eliminado de mi propia fantasía.
Dos semanas después, tras la división de los bienes, del llanto, las arcadas sin vómito y de escuchar “Hello” de Adele hasta el cansancio, recibí una carta suya escrita a mano, junto con un paquete que tenía un brasier deportivo mío que había encontrado entre la ropa sucia. Era una “oportunidad para ventilar algunas cosas” que quería decir.
La carta daba la misma explicación vaga que me había dado antes y en ella confesaba que todavía no tenía “razones específicas”, era “solo un sentimiento”, y decía que todavía me extrañaba “mucho”.
Me pregunté qué podría contestarle, pero nunca le mandé nada. En cambio, corregí su ortografía y gramática con una pluma roja, lo cual me hizo sentir algo de satisfacción.
Quería que mi amor perfecto se viera como yo me había convencido de que se veía: las fotos, los estados de Facebook, la barba, el recuento de nuestra relación que había hilado en mi cabeza. Me había enamorado del hombre que quería que fuera y era la mujer que quería ser. Me había enamorado de lo que pensaba que podíamos ser juntos y no de lo que realmente éramos. Esta era una verdad difícil de aceptar.
Poco después de mi incursión en mi carpeta no tan escondida, me reuní con una vieja amiga a la que no había visto en año y medio. Nos fuimos un fin de semana a acampar a Cannon Beach, el mismo lugar donde había tomado la foto en blanco y negro hacía casi dos años.
Después de ponernos al día y encender una fogata, ella me confesó que había pasado por una separación muy similar a la mía con su novio, quien le había puesto fin a la relación de manera abrupta cuando ella pensaba que todo iba de maravilla. Pasaron un mes sin hablarse antes de reconciliarse cuando él le pidió que regresaran.
A ella le parecía asombroso que hubiésemos experimentado rupturas tan parecidas, pero que habían acabado de forma tan opuesta. Ella se regocijaba de su felicidad recién descubierta, y decía que se casaría con él si se lo pidiera.
Nos sentamos en silencio sobre la arena fría, al lado de la fogata que crujía, mientras yo observaba una cometa amarilla, cuya larga cola bailaba en el cielo sobre las escasas nubes de la tarde.
Ella rompió nuestro silencio con una pregunta: “Oye, ustedes podrían estar juntos de nuevo algún día. ¿Te gustaría?”.
La miré, después miré de nuevo la cometa y contesté: “No”.

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No dejes al azar lo que no quieras arriesgarte a perder

Probablemente el error más grande que he cometido es dejar que alguien se quede en mi vida mucho más tiempo del que se merecía